PHOTOTEX: Antonio Pineda (I)

546. Pineda

Antonio Pineda Cruz creía que el nombre del barrio donde vivía, Cruz de Pineda, se había puesto en honor a su larga estela familiar. Sin embargo, después de tantas generaciones, su nombre representaba uno más en el panorama insular y, por supuesto, en el local.

Antonio Pineda Cruz ostentaba dos cualidades de las que alardeaba con vanidosa autoridad: fidelidad, con su familia, y lealtad, con sus amigos. El cachorro que siempre lucía a medio lado, a modo de protección de su incipiente calvicie sonrosada, se adivinaba como el testigo fiel de su existencia:

--- Con este hombre, mi vida de cachorro isleño ha devenido en innumerables aventuras, más verbales que reales --- dijo el cubrecabezas que decía llamarse El Cachorrú.

En la azotea de su casa, disponía Antonio de un palomar: su gran afición. Cuando fue nombrado presidente de la Sociedad Colombófila, no solo su autoestima, como se dice ahora, creció, sino que llegó a creerse en posesión de la verdad:

--- Soy la persona que más sabe de palomas y palomos deportivos por estos andurriales cuasi costeros. Solo me supera allá arriba, en la Montaña, mi amigo Genaro del Rosario, el de Felita.

Y el hombre no iba mal encaminado: conocía a las palomas tan bien que incluso se adelantaba en el pronóstico de posibles enfermedades: captaba antes que nadie el pronóstico que después le confirmaría el veterinario. Sin embargo, en cuanto a organizar su vida familiar, eso era harto difícil: nunca supo combinar siquiera la ropa del día:

--- Siempre me viste mi señora, ella es la que sabe--- decía a los parroquianos en el bar de la Asociación.

Asimismo, la educación de sus hijos la dejó en manos de su esposa y, en cuanto a labores domésticas, no sabía ni freír un huevo; ni dos tampoco. Casóse con Esmeralda Pinar Hierro un sábado de abril a las seis de la mañana, por aquello de la precipitación; y la luna de miel la pasó una semana encerrado en casa de sus padres, entre la azotea y la alcoba, que le supo a gloria de la buena.

Y sentíase muy orgulloso del futuro de los apellidos de sus hijos, porque pensaba tener unos cuantos:

---- ¡Pineda Pinar suena a divinidad de la buena!


 

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