PHOTOTEX: Ventanera: Ángeles Trinidad

572. Ventanera

La mujer ventanera, y señora de la casa, que cada tarde de verano se asomaba a disfrutar de la vecindad, nunca imaginó que su soltería se alongaría tanto y tan lejos.

Cada día lo recordaba: lo idolatraba tanto en su ausencia que, a pesar de las heridas que le había provocado, nunca admitió lo inútil de la espera en su embobamiento. En aquel año de 1899, en que la electricidad se iba expandiendo por el lugar, esperó todas las tardes el amor que no llegaba desde las olas saladas. Siempre creyó que aquellas insinuaciones, antes de su partida, tendrían una segunda parte. Aunque aparentemente había cedido a la presión de sus padres, estaba convencida de que el regreso del navegante arribaría en el Puerto de la Luz más pronto que tarde. Y haría su entrada triunfal al socaire del café con pastas, recurrente y tradicional ceremonia, en aquella coqueta habitación del piano que María de la Luz, su hermana, tocaba como los ángeles: con olor a mar y a cansancio de algas, donde el brillo vespertino quedaba tamizado de mirada furtiva a ritmo de habanera.

Era Ángeles Trinidad una mujer fuerte, de convicciones religiosas arraigadas, que despreciaba la parafernalia de resignarse a vestir santos: siempre fue considerada la más moderna de sus amigas y proyectaba una imagen que iba en total desacuerdo con la clase conservadora a la que pertenecía por cuna, herencia y tradición.

Y esperó un año entero.

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