“De lo que aconteció entre un turronero y un alcalde real en Jinámar la víspera de la Concepción del año de nuestro señor de 1779…”


En homenaje y memoria a Néstor Álamo a quien tanto gustaba historiar sobre la Historia; y hoy en festivo abrazo para todas las mujeres y hombres de Jinámar.


01 Jinamar

Es cosa sabida, por vista y por costumbre, que en nuestra ínsula no hay festejo que se precie en honor a santo, santa, advocación de Nuestra Señora o al mismísimo Dios Nuestro Señor, que no tenga como obligada presencia la del turronero o turronera con su caja de dulzonas mercancías para solaz de golosos o cumplimiento de nostálgicos; y que si uno va a cualquiera de ellas y retorna al hogar sin la bolsa de presentes bajo el brazo viene con la desazón de que le falta algo, además de que se expone a sufrir la reprimenda de la suegra reumática que por culpa de los achaques del inevitable paso de los años se ha visto obligada a quedarse en casa esperando la muestra de que no la han olvidado en la celebración y dispuesta a no dejar ni una migaja del festivo y pegajoso manjar, aunque con ello corra el peligro de que con el empacho unido a una subida de azúcar se quede haciendo la digestión del turrón para toda la eternidad.

Es ésta por tanto costumbre vieja con pátina de venir de moros conversos o cristianos con ínfulas de conquistadores allegados al terruño en añejos tiempos; y el suceso que paso a relatarles (custodiado para memoria de todos en los papeles de la Real Audiencia de las Islas) así lo da a entender; que aconteció hace dos centurias y un tercio de otra y ya entonces la nombraban los legajos como cosa de tradición inmemorial.

Pero déjense a un lado las dilaciones y entérense los que esto leyeren y entendieren, que el siete de diciembre del año 1779; reinando sobre las Españas el monarca Carlos III; recién declarada (por culpa de su parentesco con los reyes de Francia) la guerra a Inglaterra en la que se perdió Menorca y no se recuperó Gibraltar; y entrando Napoleón Bonaparte con diez años en la academia militar de Briennes para comenzar a elucubrar cómo dar al traste con el mapa de Europa; nuestros abuelos del siglo XVIII, en su sanísima simpleza y ajenos a todo ello, se preparaban a pasar una noche de vela en honor a la Inmaculada Concepción en su ermita del Valle de Jinámar. Juan Martín, turronero de la ciudad de Canaria, llegó a la plaza de Jinámar la tarde de aquel día con su caja repleta y con la intención de sacar a sus mercancías unos buenos cuartos con que llenar la bolsa para socorro y mantenencia de su -suponemos- numerosa familia, que en esto por aquellas calendas no solían poner mucho freno.

Venían también con él otros turroneros y trajinantes. La afluencia era mucha y podía dar para todos: Silvestre Marrero, Gregorio Jordán, artesanos del meloso yantar, nos dejaron gracias al singular y harto gracioso suceso, sus nombres para la posteridad como si de regidores, mayorazgos o prebendados linajudos se tratase.

Fueron colocando sus pertrechos en los alrededores de la ermita fundada casi cuando las tierras de la isla entraban en los dominios de doña Isabel la Católica Reina y luego en los de su hija doña Juana (ésta no muy católica), por don Cristóbal García del Castillo, y reconstruida por sus descendientes, que ostentaron su honorífico patronazgo, hasta llegar a don Fernando Bruno del Castillo y Ruiz de Vergara, que a los muchos lustres de su familia acababa de unir el título de Conde de la Vega Grande de Guadalupe, concedido por el rey tan sólo dos años antes, el 23 de septiembre de 1777.

Una vez llegada la noche, a la par que las visitas a la ermita y el velar a la Inmaculada, también principiaron las tropelías acostumbradas: los juegos de tablillas, las rifas de los turroneros y los naipes volanderos se ayuntaron con el mal beber y comenzaron los robos a los mercachifles.

Aquella noche los lances estaban liderados por un tipejo de mala catadura y peor reputación, al que cristianaron con el nombre de Francisco (Cabrera, por más señas) y motejaron con el de El Bicho, para dejar bien claro a los que se le acercaran con quién estaban tratando.

Cerca de la hora nona de aquella víspera, el alcalde real de Telde, don Pedro Navarro, cumpliendo con su cargo y obligación se personó en la plaza de Jinámar. Luego pasó a cumplimentar al señor conde, haciendo mansión en su casa como era costumbre; y así ejecutado retornó a la plaza casi mediando la noche y pudo comprobar que continuaban los desórdenes, por lo que, mientras entraba a la ermita, envió al escribano don Tomás Oramas, acompañado de tres ministros, a que pasaran a practicar al estilo antiguo la “Ronda de las Cajas de Turrón” en la que, como contribución a la protección que se les ofrecía, era costumbre entregar un aro de turrón de los de cuatro o seis reales corrientes: una libra de los de mejor calidad.

Todos dieron, ya que decían que el hallarse las noches de feria circunrodeados del patrocinio judicial era cosa apetecible. Pero en llegando a la caja de Juan Martín, éste, con toda presteza, la cierra y sombrero en mano en señal de respeto, se negó rotundamente a regalar a nadie el producto de su trabajo. Tajantemente aseveró su certeza de que él tenía entendido que, aunque en lo antiguo se daban gratificaciones por rondar, hacía ya mucho que por providencia superior, esas aldehalas habían sido suprimidas.

Avisaron con rapidez al alcalde, que corrió con todo el permiso que las piernas le daban y en llegando a donde estaba el mentado turronero le hizo ver la autoridad que ostentaba y la falta de respeto de que hacía gala, espetándole en menos que se reza un “pater noster” que era un balayo, un baladrón, y que iba a terminar metiéndolo en un cepo como persistiese en su actitud. No se arredró ni un ápice por ello Juan Martín, y con toda serenidad dijo «que ni daba gratificación, ni había tal costumbre...», entregó la llave de su caja y cogió el portante de retorno a la ciudad.

Y aquella noche, y en la fiesta del día siguiente la ermita de La Concepción de Jinámar se vio adornada con el exvoto involuntario de la caja de turrones que allí se depositó por la autoridad. Juan Martín entabló pleito, denunció alcalde y escribano, citáronse testigos, y la cosa, como uso y costumbre, fue para largo...

Desconoce el que esto les cuenta si su empecinamiento logró acabar con el impuesto, pero lo que sí es verdad es que (aunque dicen los que mucho piensan que la honra y el provecho no duermen en el mismo lecho) la moraleja del cuento es que entonces como ahora la actitud del turronero no deja de asombrarnos por lo extraña, y se hace merecedora de figurar en sainetillo folclórico. En cambio; de escribanos, ministriles y alcaldes como aquestos que aquí se nos muestran, andamos aún hoy en día bastante sobrados.

José Luis Yánez Rodríguez es Cronista de Teror

Actualizado el Viernes, 07 Diciembre 2018 18:29 horas.

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