Coplas, décimas, canciones..., tradiciones de Teror

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Si cuando a fines del XIX y principiando el siglo XX, mi bisabuela Nieves Travieso hubiera sabido que lo que le cantaba a su hijo mayor, mi abuelo Sinesio Yánez, era una copla popular de la década de 1830, con música del “Himno de Riego”(ésta de 1820), hubiese valorado en su justa medida que en las entonces lejanas y apartadas tierras isleñas se mantuviera por vía oral una parte del que hasta en la actualidad se conoce como el himno liberal decimonónico por antonomasia: 

“Si la Reina Cristina muriese,
Carlos V quisiera reinar.
Los arroyos de sangre corriesen
por los campos de la libertad”

Pasados muchos años, mi abuelo me la cantaría a mí, continuando esta línea de permanencia popular que caracteriza la transmisión oral de la cultura.

Fue esta transmisión (y particularmente a través de coplas, poemillas, etc) la vía de perpetuación de la cultura y las tradiciones en una población, como la del Teror de entonces, que en su gran mayoría no sabía leer ni escribir.

Estas coplas transmitían, por ejemplo, la historia de la pérdida de las últimas colonias americanas a fines del XIX:

“Martínez Campos creía que Cuba era de España y andaba por las montañas con tropas y artillería. Y Maceo le decía: Martínez vete pa La Habana, que con mis tropas cubanas hago a Cuba independiente a fuerza de plomo caliente y pólvora americana”.

O las intimidades compartidas con todo el vecindario desde cualquier lugar de quien, en mitad de la tarea agrícola mañanera, sentía un repentino apretón estomacal:

“Entrando a las cañas voy con muchísimo placer, porque el tarugo de hoy me está apretando al de ayer”

Los cánticos de la campaña de las elecciones de 1936, en las que, camiones cargados con luchadoras libertarias de la vecina ciudad de Arucas ayudaban a la candidatura del Frente Popular, mientras los terorenses las escuchaban, no sin un cierto asombro comedido:

“Oh, balancé, balance, balancé, la nieve pura. Hay que tener gran cuidado con los frailes y los curas”

Y metidos en las penurias de la posguerra, todo valía para suavizar un poco la escasez de productos que asoló nuestras tierras y así se ayudaban los campesinos palmarenses a pasar aquellos terribles años:

“Ya el azúcar se murió, el café se puso luto, las lágrimas del aceite se beben por un canuto”

En todo este proceso de crear, recrear y transmitir cultura se manifestaron algunos y algunas como expertos cualificados para rimar sobre todo lo que sucediese a su alrededor. Tradiciones como los Aires de Lima, las porfías, los verseadores o los sencillos poetas populares tenían por ello un público fiel que, en ausencia de periódicos que publicases sus letrillas, servían de transmisores de pueblo en pueblo de todo lo que de sus cabezas brotaba.

En este sentido, destacó en El Palmar de principios del pasado siglo un vate del pueblo que versificó sobre asuntos cotidianos, como si de un cronista social se tratara. Pedro Socorro, miembro de esta familia originaria de las cumbreras tierras de Tejeda, fue un exitoso poeta de la Villa Mariana de hace décadas y sus versos se repetían por los ancianos delbarrio hasta hace algunos años como si de rimas de Góngora o Lope de Vega se tratara. Tanto versificaba sobre las jóvenes que le habían ensuciado la toalla con que se secaba en el barranco:

“Quien ensució la toalla
Con manos tan disolutas
No puede ser sino p…
Y después de p…, fea.
Yo no digo que lo sea
Ni que lo deje de ser
Pero me paso a creer
Que puede ser que lo sea”

Como asimismo hacía relación de las muchachas casaderas en El Palmar de hace un siglo, en una de sus creaciones más populares:

“Tres muchachas en Las Cerpas; yo te diré las que son: Elena, la de Juan Guerra, las dos de Miguel Falcón ahora por lo consiguiente que Eloina se casó. Ahora me queda Mariana, tengo que volver atrás; la hija de Cho Vivcente dicen que se va a casar”

El censo continuaba, uno por uno, por todos los parajes del barrio e imagino que si olvidó alguna de las estaban en edad de merecer en la relación, ésta no se lo perdono en la vida, por mucho que cara a la gente mostrara indiferencias.

Tradiciones, usos y costumbres que parecen tan lejanas en el tiempo, pero que aún están presentes, de una forma viva y permanente, en la memoria de tanta gente, de una forma imperceptible, como lo hace la verdadera esencia de la cultura. Pedro Socorro, como otros tantos, creaba para el pueblo y el pueblo se lo agradeció repitiendo incansablemente sus creaciones durante décadas, dándoles una perdurabilidad que otros, presuntamente más preparados que él no han conseguido.

Y para siempre, si sabemos implicar a las jóvenes generaciones, esta peculiar forma de transmisión cultural continuará por muchos años tan fuerte como ha llegado hasta hoy en las fértiles tierras terorenses:

“Nieves, péinate los rizos, ten el pelito arreglado. Vámonos para Los Cantos que ya El Lomo se ha acabado”

O cuando a alguna señora de buen ver le llegaba la onomástica, no se quedaban en una simple felicitación. Serena y respetuosamente cantaban a la persona que celebraba santo:

“Sale el sol resplandeciente
Y en los celajes se esconde.
Goce usted, señora mía,
Muchos días de su nombre”

Y lo más hermoso de todo ello: ninguna de estas coplas, cantares, puntos cubanos irrepetibles por su exaltación de temas considerados fuera del obligado pudor,…etc. llegaron a mí a través de décadas, siglos de tradición, por lecturas o imposición escolar. Llegaron como siguen llegando en muchas culturas del mundo su historia, sus usanzas, sus costumbres, su cultura, por la transmisión oral, la comunicación más primera y sencilla entre los seres humanos; sentado en la orilla del camino junto a mis abuelos, junto a los mayores que las atesoraban, ensimismado en todo aquello que repetían y que yo, a su vez, aprendí de esta manera y hoy aquí se las transmito.

José Luis Yánez Rodríguez es Cronista oficial de Teror

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