La carretera de Teror

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Tanta verdad es que el relevante camino de la Ciudad a Teror -el camino de San Lorenzo como sería llamado desde el XVII- fue de los primeros en trazarse y pergeñarse tras la conquista y el incipiente poblamiento de Gran Canaria como que su relación con el hecho espiritual ligado a la Virgen del Pino fue la principal razón que mantuvo durante siglos esa relevancia. Ahí sigue en pie como ejemplo de ello el Puente del Molino que atraviesa desde fines de la década de 1820 el tramo alto del cauce del Barranco de Teror, que fue pagado por su Iglesia en un intento de facilitar el acceso de romeros al Santuario, cuyo receso fue causante de la decadencia económica de la Villa y sus comercios desde inicios del XIX.

Y serían precisamente esas vicisitudes sociales y políticas experimentadas por todo el país desde inicios de dicho siglo a la década de 1830 aproximadamente, las que tal como señala acertadamente José Ángel Hernández Luis retrasaron la aparición y ejecución de Planes de Carreteras y con ellos la adecuación de los antiguos caminos a las crecientes necesidades de la población, el comercio y la economía en general. Por ello, no sería hasta el Plan de Carreteras de 1860 cuando podamos afirmar que se inicia y así lo dice Hernández Luis “el gran impulso dado a las obras públicas de carreteras en el Estado español -y por extensión en Canarias-“

carreteraterorleonycastilloAunque esos denominados “Planes” no eran otra cosa que el catálogo oficial de las vías construidas y las planificadas que dependían de la gestión estatal, sin que apareciese en ellos ni priorización ni temporalización ni previsión de dineros con que pagarlas.

En la isla de Gran Canaria, las primeras carreteras se trazaron partiendo desde Las Palmas hacia los lugares más alejados para poder dividirlas en tramos más fácilmente ejecutables en tres direcciones: sur, norte y centro, buscando enlazar todo el territorio con embarcaderos desde los que dar salida comercial a la creciente producción de la economía insular. La del sur hasta Juan Grande en tres tramos, el segundo de ellos culminando en Telde; la del norte hasta Agaete; y la del centro hasta La Aldea por Tafira.

Esa proyección de trazado radial iniciado en la ciudad más importante de la isla hacia todas las zonas necesitadas de comunicación tropezaba con la dependencia de exiguos presupuestos, la orografía grancanaria que suponía dificultades añadidas a todo lo proyectado y las exigencias de una administración centralizada y oligárquica; circunstancias casi inmutables hasta la aparición de los Cabildos ya en el siglo XX aunque por los vericuetos de que quien hace la ley hace adjunta a ella la trampa; tanto el siguiente Plan de 1877 como una ampliación del mismo en 1882 permitieron resquicios a las durísimas condiciones exigidas hasta entonces para la aprobación de las carreteras. Y por uno de esos resquicios se coló la sinuosa carretera de la Villa Mariana.

carreteraterorviaductoParadójicamente, ayudó a ello la celebración de un hecho que hizo constatar a toda la población grancanaria el evidente abandono de la vía espiritual más importante de la isla desde el siglo XVI y además de ello, la necesidad de recuperar viejos patrones de tradición y fe un tanto perdidos en las décadas transcurridas del siglo XIX. El 8 de octubre de 1877 el Boletín Diocesano anunciaba solemnemente una peregrinación a la Villa de Teror en rogativa por Pío IX tras la unificación de Italia y con ella la desaparición de los Estados Pontificios. Organizada por el obispo Jose María de Urquinaona y Bidot, aquí llegado el 22 de abril de 1869, significó un viraje absoluto al inicio de la secular devoción a Nª Sª del Pino que aunque no había desaparecido sí es verdad que había disminuido mucho en el Ochocientos.

Dicha peregrinación se celebró el 23 de septiembre de aquel año y constituyó más que un acto popular de apoyo al Papa en protesta por la pérdida de sus territorios, una verdadera manifestación de recuperación espiritual, calculándose que se concentraron aquel día en Teror entre 10 y 12 mil canarios a la llamada de “¡Vamos a Teror! Sea éste el grito que resuene de un extremo a otro de Gran Canaria… sea ésta la palabra que conmueva profundamente a todos los habitantes de esta isla para que seamos muchos los que podamos llamarnos hermanos bajo la salvaguardia de la Virgen del Pino…”

Las semanas previas fueron de una absoluta exaltación del sentimiento mariano de la Diócesis y aquellos otros “fervores” que habían movido a las bajadas durante más de dos siglos se recuperaron con una fuerza inusitada, considerándose este hecho como el inicio de la revitalización de la devoción al Pino en época contemporánea.

Como consecuencia de ello, el camino de San Lorenzo, el secular camino de Teror fue pisado, visto y sufrido por miles de personas que habitualmente no transitaban por él. Pudieron comprobar su abandono (la falta de vecindad ayudaba a ello) así como que el sacro lugar con casa aneja que la devoción construyera para lugar de descanso y yantar en las bajadas y subidas de la Virgen en San José del Álamo estaban arruinados, dando así una imagen clara de cierta “ruina” moral que muchos achacaban a ese alejamiento de los valores espirituales que habían caracterizado al pueblo de Gran Canaria. En el famoso “Anónimo” de 1851 se describe así:

En las montañas del Norte (de San Lorenzo) está un camino q.e bá á dar á Teror este es muy angosto y peligroso, pásase p.r Sn. José del Alamo; aquí se encuentra una Ermita dedicada á dicho Sto. la mayor parte arruinada…”

LA CASA DEL CAMINERO DE MIRAFLOR

Miles de personas vieron, repito, esa expresión de la ruina material de un camino que había sido senda de creencias pareja en gran parte a la ruina de su propia devoción, el mismo año de la aprobación del Plan de Carreteras de 1877. La necesidad de una nueva vía -ya de una carretera- que llevase a los grancanarios al centro espiritual de la isla estaba con ello encaminada.

Además, en este Plan se comenzó a dar el visto bueno a lo que los ingenieros de la época llamaban “carreteras parlamentarias” en las que para que las vías se tuviesen en cuenta (sobre todo las consideradas de “tercer orden” como la de Teror) bastaba la propuesta de algún miembro del Gobierno o del Congreso; primando así intereses electoralistas, demagógicos y hasta caciquiles y sin que en el fondo fuesen realmente ejecutables ya que carecían de consignación presupuestaria. En la “Memoria del MOPU del Plan General de Carreteras (1984-1991)” se dejaba claro que este desajuste llegaría a ser de tal magnitud que a fines del siglo XIX tenía el Estado español una previsión de construcción viaria de 74000 kilómetros de los que tan sólo 32500 estaban ejecutados. Una Real Orden de 1911 y el llamado Plan Ugarte tres años más tarde acabarían con esta situación de descontrol absoluto sobre prioridades y posibilidades en la cuestión de poner al día la red de carreteras en todo el territorio español.

Pero como nunca hay mal que por bien no venga a alguien, esta situación benefició a la carretera que hoy nos ocupa. En febrero de 1879 se anunciaba ya el inicio de los trámites y tres meses más tarde, el 13 de mayo del mismo año, la Comisión Permanente de la Diputación Provincial de Canarias reunida en Tenerife adoptaba el siguiente acuerdo:

En el expediente sobre incluir en el Plan general una carretera que enlace al pueblo de Teror con la de Las Palmas á Agaete; manifestar al Excmo. Sr. Gobernador que debe estimarse la vía dado que se trata de interés general, que procede la aprobación del trazado elegido y la inclusión de la carretera de tercer orden de Tamaraceite á Teror en el plan general de carreteras del Estado”

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Yendo las cosas de palacio como siempre han ido, pasarían cuatro años hasta que el 31 de mayo de 1882 el Senado de España incluyera la carretera en el Plan General de aquel año y la subasta de su primer tramo desde Tamaraceite hasta la conocida como Vuelta de Narciso anunciada unos meses más tarde por una cuantía total de 243.122,92 pesetas. Sería adjudicado el 30 de octubre al propietario terorense Juan de la Fe Jiménez Miranda, nacido en Los Llanos en 1842 y perteneciente tanto por nacimiento como por matrimonio a la oligarquía más enraizada en los poderes políticos y económicos de la Villa, donde llegaría además a ocupar la alcaldía de 1884 a 1886.

Después, habría que esperar al 7 de enero de 1887 para que se diera anuncio al inicio de la segunda fase que por problemas surgidos con el adjudicatario de la misma Diego Gil Navarro, también fue realizada por Juan Jiménez Miranda. Por decisión e impulso de los políticos terorenses este tramo se comenzó a trabajar desde Teror hacia el Puente del Molino, pasando por El Hoyo y abriendo al caminante toda la zona del Lomo de Arévalo -hasta entonces un Cortijo cerrado-. Y con esta decisión el viejo puente quedó unido a la historia moderna de las vías isleñas tal como en el momento de su construcción en la década de 1820 se había unido al secular trazado del camino que partía desde el Barranco del Guiniguada en dirección a las cumbres.

Paralelamente a todo ello se producía la aprobación en Cortes de una normativa que coadyuvó muchísimo al avance en las gestiones administrativas previas al inicio de todo este tipo de obras: la Ley de Expropiación Forzosa de 1879.

Tal como afirma el investigador Eduardo García de Enterría, este Ley aprobada el 10 de enero de 1879 “supuso ya un progreso notable respecto de las cuestiones de procedimiento expropiatorio…por su materia se refería exclusivamente a las obras públicas” lo que trajo consigo una mayor rapidez en la aplicación del dominio público sobre los terrenos en los que se iba a trazar la carretera a la vez que establecía claramente los pasos o períodos del procedimiento, de los cuales era el primero y preceptivo el del “pago previo del justiprecio para que el efecto expropiatorio pudiera producirse”

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El impacto inmediato fue el de que los suelos sobre los que iba a discurrir la carretera desde Tamaraceite a Teror -en su mayoría arrifes y riscos- multiplicaran su valor de la noche a la mañana. Un detalle anecdótico, pero no por ello menos valorable. Así cuando el 9 de enero de 1888 la Sección de Fomento del Gobierno de la Provincia de Canarias en conformidad con el artículo 26 de la Ley de Expropiación, al objeto de fijar y valorizar las tierras a ocupar citaba a pública comparecencia a los dueños de las fincas, aparece el listado de los convocados y sus nombres, por lógica, son los mismos nombres que conformaban la clase propietaria política y socialmente no sólo en Teror sino en toda la isla. Citados quedaban, entre otros “don Francisco Manrique de Lara, don Juan Domínguez Álvarez, don Antonio Naranjo Falcon, herederos de don Rafael Medina, don Juan Naranjo, don Bernardo Henríquez, don Antonio Grimón Acosta, don Sebastián Medina Sánchez, don Francisco María Arencibia, don Agustín León Pérez, don Juan Jiménez Domínguez, don Juan Jiménez Marrero, don Pedro Montesdeoca Suárez, don Rafael Hernández Suárez, don Juan Mª Henríquez, don Manuel Domínguez Suárez, don Francisco Bethéncourt López”…y hasta don Juan Jiménez Miranda, alcalde, propietario y concesionario de las obras.

Con el pago de parte de los justiprecios establecidos y los libramientos expedidos por el Ministerio de Fomento en junio de 1897 correspondientes a las obras ejecutadas en meses anteriores por un total de 10.514'40 pesetas, quedaba el camino legal abierto para concluir la obra. Al menos hasta Teror porque el tercer tramo que la llevaría hasta Valleseco se hizo esperar. El año anterior, los vecinos de aquel pueblo hacían público en los periódicos isleños un comunicado a Juan León y Castillo, ya metido en lides políticas, informándole que “estaban enterados que desde el año de 1881 se mandó a estudiar por la superioridad dicho trozo de carretera, y que desde dicho año hasta el de 1891, fue ingeniero jefe de la provincia don Juan de León y Castillo. Saben aquellos vecinos que en dicha época se consignaron cantidades para que se hicieran los estudios de campo ¿por qué entonces no los hizo el que ahora demuestra tanto interés ¿no tuvo tiempo en los diez años mencionados? Vamos, Sr. D. Juan, que V. empieza muy mal su nueva carrera…política” Inteligente socarronería de campo la de los de entonces.

CARRETERA DE TEROR EN SU PASO POR MIRAFLOR A MEDIADOS DEL SIGLO XXY así se llegó a fines de 1897, fecha del resurgimiento económico de la Villa gracias a la carretera. Aquel septiembre, las fiestas del Pino se celebraron de una forma extraordinaria por propia iniciativa del Padre Cueto que dio las órdenes preceptivas para que los cultos superaran en magnificencia a los de años anteriores, habiendo indicado también que siguiendo antiquísima costumbre celebraría de Pontifical el Día de la Virgen.

También por su lado el ayuntamiento y los comerciantes de Teror (las mismas personas en uno y otro lado) prometían adoptar “las oportunas medidas para que la renombrada Feria del Pino alcance en este año las mayores proporciones, tanto en lo referente a ganados, como en todo lo demás que la constituye para que la fiesta conserve y aumente si cabe, su carácter popular. Además, hanse buscado los medios para proporcionar la mayor comodidad y para que no falte alojamiento a las muchas personas que este año concurrirán a la fiesta”

Así, casi desesperados, con ganas de ver mucha, muchísima gente en Teror rezando, comprando, bebiendo y comiendo -a fin de cuentas, haciendo fiesta- tanto el obispado como los poderes públicos de la Villa Mariana a fines del XIX anunciaban una previsión de mayor afluencia de peregrinos y que se autorizaba durante las celebraciones a transitar por ella aunque no estaba aún terminada.

La finalización de la carretera de Teror se produjo en febrero de 1898, cuando el lanzaroteño don José Paz Peraza llegó desde Tenerife a inspeccionar las obras que se estaban ejecutando en Gran Canaria y a recibir la carretera iniciada por su antecesor León y Castillo. José Paz nació en Teguise en 1836. Realizó sus estudios en París, ejerció de Ingeniero de Caminos en Matanza -Cuba, antes de venirse a Canarias como Ingeniero Jefe del cuerpo de Caminos, Canales y Puertos y Jefe de Obras públicas de la provincia de Canarias.

Por cosas del destino, que muchas veces se ríe de nuestras pompas, el ingeniero falleció de gripe a las tres semanas de inaugurar la nueva carretera.

La Virgen del Pino tardaría casi cuatro décadas en inaugurarla ya en trono motorizado el 11 de octubre de 1936 en su primera Bajada en época contemporánea.

Hitos como el primer accidente en 1911 junto a la Casa del Caminero de Miraflor; la presencia de los eucaliptos, los rosales y los propios camineros; las Bajadas y Subidas de la Virgen; la variante de la carretera de San José del Álamo en 1969; el Viaducto que desde el año 2010 se coloca soberano sobre la parte más ancha del cauce del Barranco retando al viejo Puente del Molino tan chiquito y a la vez tan imponente unos kilómetros arriba: o las obras que se llevan a cabo por el Excmo. Cabildo Insular desde principios de este año queden para otro pronto escrito.

Quede también aquí mi afirmación tajante de que la carretera de Teror sirvió desde fines del XIX y durante más de un siglo para dar vida a Teror, su fiesta, su comercio y su devoción. Igual de tajante que el hecho incuestionable de que el discurrir de las actuales obras marcará profundamente el futuro de nuestra Villa y sus habitantes para las próximas décadas.

Y aunque ha sido un permanente quebradero de cabeza para los que por ella discurrieron durante el siglo XX, hay que confiar en que la excelente obra realizada sirva para afrontar los nuevos retos de la economía, el turismo, la agricultura; que dependen en un primer e importante lugar del estado de las vías.

Si hace medio siglo, ya se afirmaba que el endémico mal estado de la misma era “un tema de tiempos, que aparecía y desaparecía en las tertulias...estrecha, con lamentable asfalto y con numerosas curvas peligrosas y sin visibilidad” la situación con la que comenzamos la necesaria recuperación económica postcovid es mucho mejor.

Y en honor a ello y tal como pedí en el cierre de las Jornadas de estancia de San Vicente Ferrer en la Villa de Teror, la mejor manera de celebrar las dos décadas de la firma del Hermanamiento de Teror y Valleseco es unir nuestras fuerzas al municipio hermano para que estas mejoras continúen, como mínimo, hasta las alturas de sus tierras.

Así lo hicimos hace un siglo y así lo tenemos que hacer ahora.

Deber de buena hermandad.

José Luis Yánez Rodríguez
Cronista Oficial de Teror.

Actualizado el Viernes, 11 Junio 2021 02:56 horas.

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