Nuestra Señora del Pino, la resistencia del fervor (vídeo)

CELEBRACIÓN DE LA CORONACIÓN CANÇONICA DE NUESTRA SEÑORA DEL PINO 1905La primera vez de que guardo memoria en haber visto a la Virgen del Pino con los ojos del alma fue cuando recién cumplidos los tres años acompañé a mi madre en el pago de una promesa que hizo por una enfermedad que yo había padecido en los meses anteriores.

Las promesas se pagaban con un poco de sufrimiento, si no era así no se consideraba correcto pago, ya que lo que no costaba no valía.

Por ello, cuando mi madre llegó a las puertas de la Basílica y sobre aquel piso cerámico hincó sus rodillas envueltas en pañuelos para comenzar el pago, recuerdo haber sentido una punzada de temor cuando cogió mi mano y me animó a acompañarla.

Le pregunté si no tenía que arrodillarme junto a ella y hacer aquel camino que de no ser por la cara de mi madre me hubiera parecido hasta divertido. Ella me contestó que no; que así pagaba a la Virgen del Pino el milagro de curarme y que la Virgen hubiera vuelto a hacer otro milagro en la vida de uno de sus hijos. Miré hacia el retablo del Altar Mayor y pude ver por primera vez a Nuestra Señora del Pino. Desde aquel mismo momento supe que quedaba unido a Ella por toda mi vida. Como lo supieron durante siglos, miles y miles de hombres y mujeres de la tierra canaria, con una mezcla profunda, de esas mezclas telúricas que sólo saben preparar las mentes sabias) de emoción, veneración, sentimiento, dolor, alegría y amor que envuelve desde su aparición el devenir histórico de la Santa Patrona de la Diócesis de Canarias.

Una aparición que pareciera leyenda de no existir tantas referencias fiables pero no coetáneas de la misma.

No sería hasta las “Constituciones sinodales del obispado de la Gran Canaria y su santa Iglesia con su primera fundacyon y translacion, vidas sumarias de sus obispos, y breue relacion de todas las siete Islas” en cuya publicación ordenada por el obispo Cristóbal de la Cámara y Murga en Madrid en 1631, cuando aparezca la primeria referencia en documento público al afirmarse que la Virgen apareció “ en un pino alto que está junto a la iglesia, en el cual están dos árboles de drago parejos, cosa maravillosa, plantados en el mismo pino, cerca de los cuales están señalados los pies de la Virgen, según dicen, que yo no los vi, por el pino tan alto”

01CELEBRACIÓN DE LA CORONACIÓN CANÇONICA DE NUESTRA SEÑORA DEL PINO 1905Ello no fue óbice para que desde mucho tiempo antes se extendiera la fama de milagrera de la Imagen, confiando el pueblo tanto en ella y en lo efectivo de su intercesión que, según tradición oral, en 1599 cuando la aparición legendaria cumplía un siglo aproximadamente y la talla unas décadas menos, las mujeres, hombres mayores y niños que habían quedado en la Villa al cuidado de la misma mientras los hombres guarnecidos de milicianos bajaron a defender las tierras de la isla del ataque del holandés Van der Goes, subían a lo alto de la Montaña de San Matías llevando en andas a Santa María de Terore para que desde aquel altozano defendiera a sus hijos de la Gran Canaria; allí se configuraba el inicio de ese fervor, de un sentimiento tan fuerte que con el paso de los años sería el elemento más definitorio de la relación del pueblo con el Pino.

La Virgen del Pino todo lo puede” creían con toda su alma. Y en esa creencia confiaban la superación de los afanes de su existencia terrena, mientras el clero no veía con agrado aquella querencia, lo que en los siglos posteriores traería algunas controversias sobre quien podía más, si Dios o su Santa Madre del Pino.

Tuvieron que rendirse al vigor de lo evidente: el pueblo quería al Pino como su mediadora y a ella se encomendaban.

Así se originaría el reflejo más singular de esa entrega: las Bajadas del Pino a la capital de la isla y sede de su catedral.

El 20 de marzo de 1607 el pueblo canario pidió a la Virgen que lloviera y lo hizo trasladándola por primera vez hasta Las Palmas como muchas veces después le pediría por el mismo motivo pero también lo haría pidiéndole protección contra la langosta, la peste, las guerras, el hambre, las epidemias, las enfermedades, el tabardillo, los volcanes de Lanzarote, el dolor de costado, el pulgón, la alhorra, los ganados y sus crías,…

En fin, el pueblo le rogaba por sus vidas y lo que las sustentaban.

Y como la Virgen del Pino respondía con agrado y acierto enviando agua, acabando con guerras y plagas, eliminando los contagios de las enfermedades, se fue convirtiendo poco a poco en la gran consoladora de males, en la madre que podía todo intercediendo por su amor. El pueblo hizo lo propio y con amor le dio pago configurando un fervor de tal consistencia que ha resistido mil avatares tan fuertes como hace 400 años y que la ha convertido en uno de los símbolos de lo grancanario, de lo canario, a través del lugar donde se forman las estructuras de los símbolos: el corazón de los seres humanos.

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Cuando el Prebendado de la Santa Iglesia Catedral de la Diócesis de Canarias Fernando Hernández Zumbado escribió la Novena del Pino en 1782 sabía que se refería a esta creencia intensa y no necesitada de certezas históricas al escribir las palabras que llevan repitiéndose más de dos siglos como un salmo que se convierte en real de tanto decirlo.

Nuestros padres nos han dicho que dirigidos por un resplandor maravilloso la encontraron en la eminencia de un Pino, rodeada de tres hermosos dragos, de cuyas ramas se formaba una especie de nicho; que una lápida muy tersa le servía de peana y que del tronco de aquel árbol nacía una fuente perenne de aguas medicinales”. Ninguna expresión más certera de la fe; los canarios creían en todo lo que rodeaba al Pino porque sus padres, sus antepasados se lo habían dicho y nada más cercano al corazón que la palabra de los padres.

Por eso, el pueblo de Canarias se fio y se confió en ella para todos los males, para todos los avatares, para contarle todas las alegrías, para llorarle todas las penas, para verla todas las veces que fuera posible, para confirmar en su rostro la esperanza de que lo bueno habría de volver si uno le hablaba mirando en sus ojos rasgados la esencia de nuestras creencias más profundas. Cuando la Novena dice en sus afectos devotos que “si nos aflige la guerra; y el campo se esteriliza; si la hambre, la langosta y el contagio nos castigan. Miremos para esa estrella, invoquemos a María”, nos dice sencillamente que en la Virgen está la solución a las plagas, las guerras y los contagios de enfermedades que no comprendían por qué arrasaban sus vidas.

Néstor Álamo lo definía muy bien cuando se refería a Teror y a todo lo que aquí ocurría como el Pino -así de escueto- que era “un cúmulo de cultura, sentires, recuerdos, afectos, que une la Virgen con el pueblo que la siente”

INTERIOR DE LA BASÍLICA DEL PINO ANTES DE SU RESTAURACIÓN 1967 69

El fervor no tardó mucho en conformarse ya que estaba fundamentado en el sentimiento, el barro más fuerte con que los seres humanos afianzamos lo que más queremos y se ha manifestado tenaz, resistente y persistente durante estas centurias en decenas de ocasiones. Los hombres y mujeres de Canarias no han dejado de aprovechar ni una sola de las ocasiones que han tenido para dejarlo bien claro y la Virgen del Pino les ha demostrado otras tantas veces que sigue estando ahí, en su basílica de Teror en espera, para dejarlo también igual de claro, que las obras son amores y los amores se dejan ver en obras. Cuando eso es así no queda otra cosa que el mutuo afecto y la mutua confianza. Por ello no hay nada que en Teror sea más convocador que Nuestra Señora del Pino y nada que el pueblo respete más.

Así fue, por ejemplo, cuando la segunda iglesia que albergara la Imagen del Pino construida en 1600 se caía de vieja y mal asentada y el obispo Morán declaró la necesidad de una nueva edificación, ya que “siendo este templo el más frecuentado de la isla y que justísimamente llama a si la devoción de los fieles, pues veneran en él a quien tantas veces han confesado deber su especial protección” era lógica y admirable por el pueblo su intención de construir en la Villa una iglesia con características artísticas y arquitectónicas dignas de meritar el honor de alojar la advocación predilecta de los grancanarios.

Se principió el 14 de julio de 1760 y se bendijo con honores y pompas de catedral medieval, el fin de semana iniciado el 28 de agosto de 1767, festividad de San Agustín de Hipona para más lustre de aquel viernes fastuoso para las gentes y tierras terorenses. Tras siete años de grandes, enormes, trabajos para los habitantes de toda la Gran Canaria, hizo la crónica de todos aquellos días de celebraciones, Diego Álvarez de Silva. Era lógico que el pueblo quisiera fiestas porque los penares habían sido muchos para levantar el aún hoy en día, majestuoso templo. El agua entraba por todas partes, los cimientos se desmoronaban; el Libro de Fábrica de Teror deja múltiples evidencias de ello, como el de unas tierras cercanas a la construcción que dejaron de pagar el censo a la iglesia por “haverle quitado el agua con que se regaba por el perjuicio que causaba a los smtos (cimientos) de la nueva iglesia y la tierra haverse plantado de millo para dar a los buies de Ntra. Sra. que andan con la carreta traiendo cantos y piedras para la fábrica”.

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Ello dejó claro rápidamente lo poco apropiado del suelo terorense y que, antes y después, tantos edificios ha arruinado en El Recinto de la Villa. No por ello se arredró el obispo y la obra continuó porque se estaba haciendo una casa a la madre de todos, tomándose las decisiones oportunas que fueron desde dejar de regar todas las huertas cercanas al solar a la ingeniosa utilización de la madera de los pinos de nuestras cumbres que nos relata un cronista de mediados del siglo XIX, don Emilio Moreno y Cebada.

Para su construcción se hizo indispensable abrir profundos surcos, buscando la firme roca donde hacer los cimientos; mas no hallándose, se resolvió cortar gruesos troncos de pinos y, reduciéndolos casi á carbón, unirlos, enmalletándolos fuertemente, en el mismo sentido de las paredes, para que, absorbiendo la humedad continua que filtraba de aquella tierra gredosa, recibiesen los cimientos, y fuesen defendidos de destrucción”

Como afirmó hace años Antonio Rumeu de Armas “el Santuario de Teror está en pie por la fe y por la sublime tozudez de sus moradores”.

Tan sólo habían pasado veinte años desde su terminación, el edificio mostraba significativas grietas en todos sus muros, y en 1801 su ruina era ya evidente. El obispo Verdugo lo clausuró en 1803 y así estuvo hasta 1810. Al pueblo de Teror, que entre motines, algaradas y negativas constantes a su demolición se mantuvo siempre firme en defensa del templo, se debe -tal como afirmara Rumeu- el que el edificio haya llegado hasta nuestros días. Las obras realizadas por el Ministerio de la Vivienda entre el 3 de mayo de 1968 y el 16 de diciembre de 1969 consolidaron su estructura ya para siempre y su bellísima arquitectura sigue siendo hoy como ayer una parte importante del acervo patrimonial y artístico de Canarias y una de las expresiones más claras de esa relación que une a la gente con la Virgen del Pino y que no ha parado jamás de verse en todas las ocasiones que ha sido necesario. Como en 1904 cuando la Comisión formada en Gran Canaria para conmemorar el cincuentenario de la declaración del Dogma de la Inmaculada Concepción entendió que la mejor manera de hacerlo era solicitar al Papa la Coronación Canónica de la Virgen del Pino y así lo propusieron al Obispo de Canarias don José Cueto que acogió con agrado la propuesta y en mayo de 1904 la elevó al Vaticano. El 24 de julio de aquel año, el Papa Pío X otorgaba a Nuestra Señora del Pino los honores de su Coronación Canónica, momento en que comenzó en la isla de Gran Canaria una ilusionada cuenta atrás en lo que iba a ser el primer acto de relevante importancia de los muchos que durante el siglo XX fueron conformando la singular idiosincrasia de la advocación del Pino y el auge y configuración de las fiestas que en su honor -y en honor a la simbología de lo canario- fueron acrecentándose y mejorando a lo largo de ese siglo. Teniéndose prevista la celebración del acto para diciembre, ya que se deseaba hacerlo coincidir con la onomástica de la Inmaculada Concepción, los temores a las lluvias, el deslucimiento del evento por la escasez de tiempo y la buena acogida que estaba teniendo, sobre todo entre las mujeres grancanarias, la campaña de recogida de donativos y de joyas con las que realizar las coronas y sus aureolas nimbadas de doce estrellas tal como las describe el Apocalipsis, determinaron el que la Comisión propusiera al Obispo el retardar la fecha de la coronación hasta el año siguiente. La propuesta, aceptada por el prelado fue elevada a Roma y con su visto bueno se eligió el mes de septiembre de 1905 para llevar a cabo el acto con todos los honores que el mismo merecía. Durante más de un año se estuvieron recogiendo aportaciones para realizar las coronas, y cientos de mujeres canarias donaron sus joyas para que formaran parte de las mismas; un aspecto que les añadía un altísimo valor sentimental. El orfebre Casimiro Márquez realizó una filigrana digna del fin a que se destinaba; 800 gramos de oro de 18 quilates, 56 esmeraldas, 34 brillantes, 180 granates y zafiros y 700 perlas ornamentaron una pieza sin igual que fue el resultado del empeño de un pueblo que, en su mayoría, estaba formado por personas que sufrían la penuria económica de las islas pero a las que no importó desprenderse de las pocas joyas que tenían y, poco a poco, reunir lo necesario para realizar las Coronas, de las que, a fin de cuentas y en justicia, todos eran partícipes.

d9668764 bddd 4ea4 85d9 6846896a4e1dUna semana antes de la Coronación, el Sol sufrió un eclipse total, quizás como un preludio de la magnífica y luminosa mañana con que, tal como nos describen las crónicas, la víspera de la Natividad de Nuestra Señora de 1905 anunció a la Gran Canaria que el día tan esperado había llegado. Y al mediodía de aquel 7 de septiembre de 1905, la voz del Obispo don José Cueto y Díez de la Maza revestido de pontifical anunció, después de mostrar las coronas al pueblo, con tono solemne desde la puerta principal del templo de Teror, donde se había ubicado el Trono, a los más de treinta mil canarios que aquel día asistieron a la ceremonia, las palabras establecidas por la fórmula del Ritual, y repetidas según coronaba a al Niño y a la Virgen:

Así como eres coronado en la tierra por nuestras manos, así merezcamos ser coronados por Ti en los cielos de gloria y honor. Así como eres coronada por nuestras manos en la tierra, del mismo modo merezcamos ser coronados de gloria y honor por Cristo en los cielos”

Hace sesenta y cinco años, en 1955 para celebrar el cincuentenario de este evento, Ignacio Quintana Marrero, un terorense poeta, periodista y primer pregonero de las fiestas en 1948 escribió la letra de un himno a la Virgen, denominado “Popular”, y el director de la Banda del Regimiento Militar de Infantería de Las Palmas don José Moya Guillén puso la música. Y este bellísimo himno lleva ya medio siglo incorporado a la cultura y la simbología de la Virgen del Pino:

Reina sonriente, Madre del amor. Eres, oh dulce, oh pía, oh clemente, de la canaria gente la torre del fervor”

Las imágenes de la Virgen del Pino y el Niño lucieron las Coronas de 1905 durante gran parte del siglo XX y cientos de fotografías y postales perpetuaron aquella maravilla de la orfebrería isleña. Pero cuando este acto de fervor sin igual y de entrega de la diócesis de Canarias a su Patrona iba a cumplir siete décadas, un hecho extraño en estas tierras, un robo sacrílego, vino a modificar la historia del Pino y de la Iglesia en el archipiélago. Las coronas que con tanto amor forjaron las voluntades de nuestros abuelos, desaparecieron hace más de treinta años en el robo perpetrado en el Camarín de la Virgen del Pino la noche del 15 al 16 de enero de 1975; y el valor espiritual y sentimental que representaban por estar realizadas con las joyas donadas por las mujeres canarias de sus propios ajuares quedó entonces remarcado y significado muy por encima de su valor material ya de por sí bastante alto.

e5f214d1 a54a 496d 8015 a67ae35ec5c3El asombro dejó paso a la desolación y a la incredulidad; multitud de hipótesis se barajaron y llegó a atisbarse algún intento de rebelión contra los que se suponían inductores de la profanación. Pero, por encima de todas estas circunstancias, y tal como lo describiera el cronista Néstor Álamo, al pueblo de Canarias “se le cayó el alma a los pies” mientras sobre Teror se esparcía “una tristeza densa, espesa, desganada”

Pero como “de flaquezas, nacen fuerzas” no había pasado un mes cuando en la Villa y bajo la presidencia del ex alcalde José Hernández Jiménez, se constituyó una comisión denominada de “Desagravio a la Virgen del Pino” encargada de recaudar los fondos necesarios para realizar unas nuevas coronas que sustituyeran las sustraídas. El pueblo no abandonaba nunca a su madre la Virgen del Pino porque sabía que nunca ella les abandonaría. Estas coronas fueron realizadas en plata de ley y piedras semipreciosas por la Fábrica de Artículos Religiosos Roses de Castellón, siendo su costo cercano al cuarto de millón de pesetas.

La ceremonia fue si no tan brillante como la primera sí de un alto valor sentimental ya que la sensación generalizada era la de devolver a la Imagen una pequeña parte de lo que donado por generaciones de gentes de nuestra tierra, se le había sustraído. Desde la llamada “Casa de los Patronos” partieron el día 6 de septiembre de 1975 -se cumplen hoy 45 años- Teresita Arencibia, Luisa Dalmau, el alcalde Antonio Peña y Manuel Caballero Herrera como integrantes de la Comisión portando las Coronas para ese mismo día después de realizar la Bajada de la Imagen fueran nuevamente y por segunda vez coronados Nuestra Señora del Pino y el Niño en la Basílica de Teror.

Esas ocasiones que son efemérides de este año tan singular por tantas cosas son algunas de las cientos de veces en que el pueblo de Canarias ha podido comprobar que Nuestra Señora del Pino sigue estando ahí para ayudar a los que a ella se acercan, a los que vienen con el corazón pleno de ese amor, de esa devoción, de ese fervor que ha resistido durante siglos y sigue resistiendo porque las madre, las de todos nosotros son una muestra de ello y hacen lo mismo todos los días de sus vidas.

Por eso, quiero el día de hoy aprovechar parta felicitar las Fiestas del Pino del presente año de 2021 en las que los corazones quebrados por no poder hacerlas tal como queremos comienzan ya a contar la cuenta atrás para que llegue el momento en que podamos volver tal como todos nosotros y la Virgen del Pino merece.

Con ello, nos hacemos honor a nosotros mismos como pueblo y a Nuestra Señora del Pino como nuestro fervor más fuerte y resistente.

Y en la espera, parafraseando a Néstor Álamo decir a voz en grito que -sabiendo que no podemos hacerlo- no nos importaría desde que podamos pasarnos la vida entera caminito de Teror.

José Luis Yánez Rodríguez
Cronista Oficial de la Villa de Teror

Actualizado el Jueves, 09 Septiembre 2021 02:16 horas.

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