Agustín Ortega Pulido, sacristán de Teror

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Agustín Ortega Pulido nació el 19 de febrero de 1906 en Buenavista, Teror. Su apego al mundo relacionado con la Basílica y el culto se demostró desde pequeño, ya que fue monaguillo de la Iglesia de Nª Sª del Pino y vivió cercano a todo lo que la rodeaba desde las primeras décadas del siglo XX.

El 14 de octubre de 1929 casó en la Villa con María del Pino Guerra Pulido, con la que tuvo cuatro hijos: Jesús, Carmelo, Mª del Pino y Victoriano.

Fue zapatero durante algún tiempo, pero con la llegada de la decadencia del uso de los zapatos herrados o borceguines, empezó a buscar otro oficio al que dedicarse. Enterado de ello, el cura de la Villa, don Antonio Socorro, le ofreció el cargo de sacristán, con todo lo que el mismo llevaba parejo, ya que hacia mediados del pasado siglo, el interés por ver el llamado “Tesoro de la Virgen” (los mantos, joyas, exvotos,...) hacía necesaria la presencia de una persona organizada que controlase la afluencia de público.

Asimismo, el cuidado y organización de la sacristía, objetos sagrados, vestimentas, etc., en suma, lo que fuese necesario para el normal desarrollo de las funciones religiosas, ocupaba gran parte de su tiempo. Pero fue, en ausencia de servicios funerarios, la atención por parte de la Iglesia de todo todo lo que rodeaba al fallecimiento, lo que más le relacionó durante años con el vecindario terorense.

Fue en este sentido, donde su actitud de servicio se manifestó más claramente, lo que hacía que estuviese siempre presto para acudir con todo lo pertinente, a cualquier hora del día o la noche, a la atención de los familiares del difunto; desde llevar a los domicilios todo lo necesario para la preparación del velatorio (tablón, velas, etc.) hasta recibir a los entierros con cruz alzada en las dos entrada del Recinto: al sur del mismo, a los que venían de Los Llanos, Arbejales,....; y al norte, a los de El Palmar, Osorio,.... Y luego, el acompañamiento, también con cruz alzada, hasta el cementerio.

Además, durante años, desde el cargo que ocupaba, vivió cercano a muchos eventos importantes en el devenir histórico de la Virgen y la Basílica; y todos lo que le consultaron siempre encontraron una opinión serena y veraz sobre lo que ocurría. Hechos como el resurgimiento de las fiestas, las restauraciones del templo y de la Santa Imagen, el fallecimiento de Monseñor Socorro, el robo de las joyas,... tuvieron en él un testigo inigualable que supo siempre dar la opinión atinada al que se le acercara.

Falleció el 16 de septiembre de 1981, cuando la Villa Mariana celebraba el medio milenio de la Aparición de la Virgen, un dato más para unir a esta efeméride de la leyenda terorense.

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