Mujeres de Teror (II). La partera Cipriana Santana

(En memoria y perpetuo agradecimiento)

Cipriana Santana Pulido nació en Teror el 19 de enero de 1902, hija de Antonio Santana y de Juana Pulido; todos con raíz familiar en esta costumbre del país. Ella afirmaba que la tradición, la herencia del oficio, pesó en la decisión de dedicarse a él. También se lamentaba, ya mayor, de que “la tradición no siguiera…”

Casó con Antonio el Guardia, otro popular personaje de la historia terorense y su decisión de comenzar a ayudar a las mujeres de toda la comarca norteña de Gran Canaria en los difíciles momentos de dar a luz; la tomó con unos 25 años cuando un médico solicitó su ayuda. Cuando el médico llegó a la casa de la parturienta, el niño ya estaba en el mundo gracias a Ciprianita.

En prueba de agradecimiento, el Ayuntamiento de Teror acordó en pleno de 11 de marzo de 1987 dedicarle un homenaje, que se celebró el 28 del mismo mes y que culminó con la inauguración de una calle con su nombre en el populoso barrio de Los Llanos.

Recuerdo perfectamente el momento; la alegría de mi padre (alcalde de la Villa por entonces) y la sensación de agrado que experimenté al ver a la partera que había ayudado a traerme al mundo, recibir el agradecimiento de sus vecinos cuando todavía podía disfrutar del mismo.

En aquel año se le hicieron muchas entrevistas de las que dejó testimonios, que son hoy un patrimonio de valor incalculable de la historia terorense:

“Yo vengo de una familia que siempre conservó este, digamos, oficio. Mis abuelos eran parteros y también mi madre. Recuerdo que cuando se presentaban varios partos, iban los tres, caminando por Tejeda y por los pueblos de donde les llamaran, recorrían las casas y, después, cada uno elegía a su parturienta. Lo curioso era que mis abuelos siempre se trataron de usted entre ellos.

Ha sido una vida rica emociones y en satisfacciones. Yo quiero con locura a todos los que ayudé a traer al mundo. Tengo, además, la satisfacción de que nunca, ni parturientas ni natalicios, se me murieron en las manos. Jamás puse un punto y no provoqué la más mínima infección, a pesar de que fueron innumerables los chiquillos que venían “de pies” o de “nalgas”.

A mí venían a cualquier hora a buscarme a mi casa y me llevaban para El Zumacal, para Tejeda, para San Mateo, para Valsendero, para donde fuera. Teníamos que ir caminando. Yo siempre llevaba una caña, que me hacía de bastón y un quinqué, que tenía que limpiar a cada rato porque el petróleo me lo empañaba. Muchas veces me pagaba los propios desplazamientos, cuando podía coger un coche. Mi marido, que era guardia municipal, jamás me preguntó cuánto me habían pagado por mi trabajo. Sabía que yo lo hacía por bondad y que muchas veces daba más que lo que podía recibir.

Jamás, nunca cobré un duro. En aquellos tiempos, llegué a casas donde la miseria reinaba por todas partes. En algunas viviendas no tenían más que dos sábanas, por lo que había que buscar “zalea” para recoger los restos del parto y conseguir así que la madre y el niño tuvieran una cama seca para después del parto. En otras ocasiones, las madres, por el frío, no podían hacer fuerzas y, como quiera que no tenían nada en casa, no podía hacerles una taza de matalahúga o de canela. En no pocas ocasiones saqué dinero de mi bolsillo para mandar a comprar esas cosas y calentar a las parturientas.

Nunca pedí nada, pero, en cambio era bonito ver cómo mi casa se llenaba de sacos de papas, de huevos, de gallinas, de lo único que aquella gente tenía y que me entregaban con lágrimas en los ojos, como diciéndome que era poco, pero que no podían más. De siempre he sentido el agradecimiento de esa gente, por eso mi puerta siempre está abierta. Recuerdo aquellos duros momentos, aquellas caminatas y aquellas fuerzas que hacíamos tanto la madre como yo, esperando oír el primer llanto del chiquillo, en una lucha por la vida tremenda, maravillosa. Siempre “me traje” a los críos conmigo y eso no ceso de agradecérselo a Dios y a la Virgen”

¡Extraordinario testimonio!


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José Luis Yánez Rodríguez. Cronista Oficial de la villa de Teror.

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