¿Dónde está el límite?


Estos días, mientras me recuperaba de una migraña que me mantuvo en cama cinco días, entre analgésicos y antimigrañosos, bastante aislada del mundo real, me iban llegando píldoras de realidad. Entre todas las que recibí una me dejó consternada: el pasado 13 de mayo fallecía con tan solo 27 años, y víctima de un cáncer, Áless Lequio, hijo de la popular Ana García Obregón y Alessandro Lequio.


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Me desperté de la siesta con un dolor de cabeza inmenso, cogí el móvil con la luz de la pantalla al mínimo y leí el mensaje de mi mejor amiga que me heló la sangre en las venas. “Pobre chaval”, pensé. “Tan joven”. Pero claro, si algo hemos aprendido es que las enfermedades y la muerte no entienden de edades ni clases sociales. Mi siguiente pensamiento fue para mis compañeros de gremio: “Espero que los periodistas sepan respetar el momento por el que están pasando sus padres” ¿Lo han hecho? Una semana después, creo que en cierta medida sí – hay alguna horrible excepción claro, la imagen de una reportera de un conocido programa corriendo tras Ana Obregón camino del tanatorio es despreciable – ¿Y por qué lo han hecho? Es mi reflexión, creo que la clave está en cómo el fallecido Áless vivió su vida adulta.

Cuando dejó de ser el niño de rizos rubios que mordía micrófonos y respondía preguntas por su madre, se convirtió en un joven que supo separar su vida privada de la vida pública de sus padres. Si por ellos tenía que comparecer ante los medios, lo hacía, siempre respetuoso y correcto,y cuando no, vivía con total discreción su trabajo y sus relaciones, y lo más importante, no vendió su enfermedad, no comercializó con algo tan serio como el cáncer. Sin quererlo era un personaje público por ser hijo de quienes en muchas ocasiones si han vendido su intimidad, por lo que la noticia de que estaba enfermo saltó al papel couché, pero ya está. Nunca le vi dar una exclusiva en televisión vendiendo sus miserias como hacen otros que después reclaman respeto. Hasta el final de sus días, Áless tuvo el respeto que él supo ganarse.

Paralelamente a toda esta situación, vi un documental sobre otro personaje público que me dejó alucinada. Diana Spencer se convirtió en la mujer más adorada y perseguida del mundo tras su matrimonio con Carlos de Inglaterra, algo que, según piensan muchos, acabó truncando su vida en aquel túnel de París en el agosto de 1997. ¿Fueron los periodistas los culpables de la muerte de Lady Di? Así lo sienten y lo asumen muchos de los que colaboran en el documental citado. Sin duda era una mujer carismática de la que todo el mundo tenía la necesidad de saber, pero ¿hasta que punto esta necesidad se convirtió en algo tan enfermizo para que los medios llegaran a pagar millonadas por una foto de la princesa del pueblo?

Decían que Diana sabía jugar con la prensa, con la que tenía una relación de amor-odio perfecta. Ella sabía cuanto les necesitaba y cuanto la necesitaban a ella. Los medios y la población. Una de las cosas que más me impactó del documental fue la afirmación tajante de una joven inglesa: “la mataron los medios sí y nosotros. Porque consumíamos esos medios”.

¿Qué tan culpables somos los consumidores de prensa “rosa” de la intromisión en el derecho a la intimidad de los personajes famosos? ¿Qué tan culpables son ellos por no saber decir basta? ¿Dónde está el límite?

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